Oh, cariño, no le des tantas vueltas... Si tu madre te dice que te maquillas como una puta es por envidia. Mientras que para ti el maquillaje es un recurso para realzar, para ella lo es para ocultar. Además, ¿desde cuándo te preocupas tú de lo que te diga tu madre? ¿No te estarás haciendo mayor, verdad? Yo dejé de hacerle caso a mi madre a los siete años. Más o menos. Comprendí muy pronto que no podría sacar nada bueno de ella; perdió la capacidad de enseñarme cosas cuando descubrí la tele (aunque luego también dejara de hacerle caso a esa cosa, ya me entiendes...). Además, ahí estaba también mi hermana que por aquel entonces escuchaba a los Cramps y se rascaba el coño en la mesa. Mi padre la odiaba. Oh, no sabes cuanto la echo de menos. La quería muchísimo... Suerte que ahora te tengo a ti. De no ser por eso...
Thursday, October 30, 2008
Monday, September 15, 2008
La jungla del asfalto

edificios de color gris. De poca altura, pero la suficiente para privar a la ciudad de horizonte a cambio de un skyline más bien discreto. De hecho, las horas de luz en la ciudad son menores por los mismos edificios. Ya sabes, los de color gris. Aquí atardece antes y amanece más tarde.
muertos en un accidente de coche. Con la radio puesta, claro. No sé que estarían escuchando en el preciso momento del impacto, espero que fuera algo que les gustara.
Lo que más temían eran los viajes en avión, cuando en realidad son mucho más seguros que los viajes en coche. Y te mareas menos. No sé cuál de los dos era, si él o ella, que tenía tendencia a marearse en coche. El caso es que no sé por qué coño cogieron el coche aquella noche. Se sospecha que tenían prisa por algo, pero eso aun no está muy claro.
brujas de sospechosas intenciones. Se reunían con extraña regularidad, siguiendo los ciclos lunares y otros fenómenos astrales. Reuniones de un número reducido de personas, entre seis y ocho. Tampoco eran encuentros de muy larga duración; en dos o tres horas regresaban todas de entre los árboles. El contenido de las reuniones sigue siendo totalmente desconocido, aunque se sospecha que, en la última de ellas, se habló de una pareja que viajaba en coche huyendo de no se sabe qué.
muertos en un accidente de coche. Con la radio puesta, claro. No sé que estarían escuchando en el preciso momento del impacto, espero que fuera algo que les gustara.
Lo que más temían eran los viajes en avión, cuando en realidad son mucho más seguros que los viajes en coche. Y te mareas menos. No sé cuál de los dos era, si él o ella, que tenía tendencia a marearse en coche. El caso es que no sé por qué coño cogieron el coche aquella noche. Se sospecha que tenían prisa por algo, pero eso aun no está muy claro.
brujas de sospechosas intenciones. Se reunían con extraña regularidad, siguiendo los ciclos lunares y otros fenómenos astrales. Reuniones de un número reducido de personas, entre seis y ocho. Tampoco eran encuentros de muy larga duración; en dos o tres horas regresaban todas de entre los árboles. El contenido de las reuniones sigue siendo totalmente desconocido, aunque se sospecha que, en la última de ellas, se habló de una pareja que viajaba en coche huyendo de no se sabe qué.
Friday, September 05, 2008
Los cuartos traseros
-¿Sabes lo qué es la diarrea verbal?
-Es cuando uno habla mucho.
-No. Es cuando uno habla mucho y no dice nada. Cuando sus palabras no tienen consistencia. Frases sueltas con una conexión tan débil entre sí que no pueden sostener un discurso sólido.
-¿Eso no es verborrea?
-No exactamente.
-Es cuando uno habla mucho.
-No. Es cuando uno habla mucho y no dice nada. Cuando sus palabras no tienen consistencia. Frases sueltas con una conexión tan débil entre sí que no pueden sostener un discurso sólido.
-¿Eso no es verborrea?
-No exactamente.
Tuesday, July 08, 2008
Ceniza (cáncer)
-Sí, es la casa más rara que he visto desde la de G.
-¿Qué pasa con la casa de G.?
-Nada especial. Tenía cenicero en el lavabo.
-Bueno, eso tampoco es tan raro.
-A mi me lo pareció.
-No sé, si padeces de estreñimiento y fumas mucho...
-Pero venga, ¿es que no puede aguantar veinte minutos sin fumar?
-Yo conocía a un tío que solo dormía seis horas porque era lo máximo que aguantaba sin fumar. Fumaba un cigarro antes de acostarse y otro al despertarse. Pall Mall. Este tenía el cenicero en la mesa de noche, y la verdad es que no sé que es peor. Pero bueno, para eso hay que estar muy enfermo. Como David Bowie; fumaba 36 cigarros al día.
-¿Fumaba?
-Sí, creo que ya no fuma.
-No me jodas. Pero, ¿por qué?
-Yo que sé, le preocupará su salud.
-Qué salud ni qué hostias... ¿Pero qué más le dará a él?
-¿Qué más te dará a ti?
-Bueno, pues no sé. Por lo estético. A parte, en mis fantasías siempre fumamos después de follar toda la noche.
-Tú si que estás enferma. ¡David Bowie...!, con lo viejo que está. Podría ser tu padre.
-“Podría ser tu padre”, qué vulgar eres. Además, el enfermo eres tú, que sabes el número exacto de cigarros que fumaba al día.
Él no dijo nada más.
A ella se le ocurrió que, de hecho, también ella fumaba en el lavabo; pero usaba el retrete para tirar la ceniza y las colillas. En cualquier caso prefirió no comentárselo a él.
-¿Qué pasa con la casa de G.?
-Nada especial. Tenía cenicero en el lavabo.
-Bueno, eso tampoco es tan raro.
-A mi me lo pareció.
-No sé, si padeces de estreñimiento y fumas mucho...
-Pero venga, ¿es que no puede aguantar veinte minutos sin fumar?
-Yo conocía a un tío que solo dormía seis horas porque era lo máximo que aguantaba sin fumar. Fumaba un cigarro antes de acostarse y otro al despertarse. Pall Mall. Este tenía el cenicero en la mesa de noche, y la verdad es que no sé que es peor. Pero bueno, para eso hay que estar muy enfermo. Como David Bowie; fumaba 36 cigarros al día.
-¿Fumaba?
-Sí, creo que ya no fuma.
-No me jodas. Pero, ¿por qué?
-Yo que sé, le preocupará su salud.
-Qué salud ni qué hostias... ¿Pero qué más le dará a él?
-¿Qué más te dará a ti?
-Bueno, pues no sé. Por lo estético. A parte, en mis fantasías siempre fumamos después de follar toda la noche.
-Tú si que estás enferma. ¡David Bowie...!, con lo viejo que está. Podría ser tu padre.
-“Podría ser tu padre”, qué vulgar eres. Además, el enfermo eres tú, que sabes el número exacto de cigarros que fumaba al día.
Él no dijo nada más.
A ella se le ocurrió que, de hecho, también ella fumaba en el lavabo; pero usaba el retrete para tirar la ceniza y las colillas. En cualquier caso prefirió no comentárselo a él.
Thursday, June 26, 2008
El Yúsep
El Yúsep es amigo mío de toda la vida. Desde pequeños que íbamos a la misma escuela y jugábamos en el mismo equipo de fútbol. A mi me llamaban Laudrup, porque tenía el pelo rubio. Pero ahora llevo mechas y tengo el pelo distinto, ¿sabesloquétequierodecir?
Pues el Yúsep también fue conmigo al instituto y a la ESO y en los ciclos. Pero él no los terminó. Estuvo un par de años así sin estudiar ni ná. Namás que vendía costo para pagarse los cubatas y la gasolina de la Senda. La verdáh es que su costo era malo apaleao, y aunque me lo dejara a precio de colega yo se lo compraba mejor al Hassan, que lo tenía muy bueno y eso.
Pues bueno, el Yúsep luego comenzó a trabajar con su padre, que es buen hombre, ¿sabes? Pues que con su padre me consiguió enchufe para trabajar ahí en el taller, y ahora estoy ahí haciendo la electricidad.
Pues eso, que muy colegas con el Yúsep pero ayer nos peleemos. En realidáh fue por una tontería, que si yo le dije que su padre se parece al Ramonchu ese de La Primera, el de las nocheviejas. Y el tio va y me se cabrea. Me se puso gallito, ¿sabes? Y él no sabe que yo estoy muy loco. ¡Que yo me meto a hostiar y no me controlo! Se lo dije. Se lo dije dos veces.
“¡Estoy muy loco, eh!¡Qué yo estoy muy loco!”.
Y al final porque m’agarraron el Juan y el primo del Róber.
Y así nos separemos.
No llegué a darle, pero estuve a ná y menos de meterle un mantecao.
A mi me sabe mal, porque enverdáh el Yúsep y yo éramos buenos colegas.
A mi la Viki ya me lo dijo luego que solo estábamos cabreaos y luego se nos pasaría, me dijo. Que lo que pasa es que vamos demasiao juntos siempre por ahí, juntos y eso. Y que es normal c'haya piques.
A mi me parece que es ella la que va siempre ajuntá con la Mariajo esa, que parecen que sean boyeras y todo.
Juntas todo el día, ¿sabes?
Las dos.
Pero que mira, ¿sabes qué te digo? Que a mi no me vacila nadie, ¿sabes?
¿M'entiendes?
Y encima que voy a trabajar en lo de su padre. Que para mi que se vaya a tomar por el culo el niñato este. Que no. Que a mi no me se pasa de listo nadie, ¿me oyes? Listo, que es un listo.
Eso es lo que es.
Anda que me va a margar a mi ahora el niñato este, el muy gilipollas, estando España jugando como está.
Pues el Yúsep también fue conmigo al instituto y a la ESO y en los ciclos. Pero él no los terminó. Estuvo un par de años así sin estudiar ni ná. Namás que vendía costo para pagarse los cubatas y la gasolina de la Senda. La verdáh es que su costo era malo apaleao, y aunque me lo dejara a precio de colega yo se lo compraba mejor al Hassan, que lo tenía muy bueno y eso.
Pues bueno, el Yúsep luego comenzó a trabajar con su padre, que es buen hombre, ¿sabes? Pues que con su padre me consiguió enchufe para trabajar ahí en el taller, y ahora estoy ahí haciendo la electricidad.
Pues eso, que muy colegas con el Yúsep pero ayer nos peleemos. En realidáh fue por una tontería, que si yo le dije que su padre se parece al Ramonchu ese de La Primera, el de las nocheviejas. Y el tio va y me se cabrea. Me se puso gallito, ¿sabes? Y él no sabe que yo estoy muy loco. ¡Que yo me meto a hostiar y no me controlo! Se lo dije. Se lo dije dos veces.
“¡Estoy muy loco, eh!¡Qué yo estoy muy loco!”.
Y al final porque m’agarraron el Juan y el primo del Róber.
Y así nos separemos.
No llegué a darle, pero estuve a ná y menos de meterle un mantecao.
A mi me sabe mal, porque enverdáh el Yúsep y yo éramos buenos colegas.
A mi la Viki ya me lo dijo luego que solo estábamos cabreaos y luego se nos pasaría, me dijo. Que lo que pasa es que vamos demasiao juntos siempre por ahí, juntos y eso. Y que es normal c'haya piques.
A mi me parece que es ella la que va siempre ajuntá con la Mariajo esa, que parecen que sean boyeras y todo.
Juntas todo el día, ¿sabes?
Las dos.
Pero que mira, ¿sabes qué te digo? Que a mi no me vacila nadie, ¿sabes?
¿M'entiendes?
Y encima que voy a trabajar en lo de su padre. Que para mi que se vaya a tomar por el culo el niñato este. Que no. Que a mi no me se pasa de listo nadie, ¿me oyes? Listo, que es un listo.
Eso es lo que es.
Anda que me va a margar a mi ahora el niñato este, el muy gilipollas, estando España jugando como está.
Monday, June 16, 2008
La esfinge
Estoy considerando muy seriamente convertirme en soberano único y absoluto del mundo, para reinar con autoritarismo bajo los dictámenes de la fe católica.
A los pobres los haré ricos y a los ricos los haré pedazos. Prohibiré que entierren sus cadáveres para el escarmiento público y para facilitar, además, la aparición de devastadoras epidemias y de océanos de pus amarillento. Hundiré todas las ciudades hasta los cimientos (que cubriré con sal) y todo quedará reducido al ámbito rural dónde predominará el cotilleo y la superstición. Para evitar la expansión urbana de los pueblos, quedará impuesto un estricto control de la natalidad basado en el temor a traer al mundo a más indeseables como los que habitarán mi reino.
Cambiaré el nombre de todas las cosas, todas las mujeres se llamarán Teodora y todos los hombres, Mujer. Todo fluido recibirá el único nombre de Finkbräu y los buenos artistas de conocerán como “armenios”.

Cambiaré el nombre de todas las cosas, todas las mujeres se llamarán Teodora y todos los hombres, Mujer. Todo fluido recibirá el único nombre de Finkbräu y los buenos artistas de conocerán como “armenios”.

Wednesday, June 11, 2008
Personajes despreciables II: La épica roja (1ª generación)

“Yo soy rojo, simplemente. Ser rojo, más que ideología, es un modo de ser”
Joaquín Sabina
Joaquín Sabina posiblemente sea uno de los personajes públicos que más despreciamos. Es, además, un interesante sujeto que reúne la mayoría de las características que identifican a los promotores de lo que hemos decidido llamar “épica roja”.
La épica roja la construyen ciertos personajes resultantes de la generación que durante la primera mitad de la década de 1970, en pleno declive de la dictadura franquista, fueron jóvenes y (la mayoría de ellos) estudiantes universitarios. Todos aquellos que, desde la clandestinidad, de forma activa o tan sólo de pensamiento, fueron antifranquistas.
La mayoría, jóvenes idealistas que se empachaban con la lectura de Marx y tarareaban los estribillos de Paco Ibañez, Raimon y Luís Llach.
Hoy en día, se han apropiado de la izquierda política “oficial”, la izquierda más vistosa convertida en referente. Su actual ideología descafeinada y anacrónica es aceptada por todos por pertenecer a aquellos que participaron en ese “pasado glorioso” de lucha contra el estado dictatorial. Aquello que ellos mismos resumen con la maravillosa frase recurrente, repetida hasta la saciedad: “Yo corrí delante de los grises”.
Con esta poco sutil instrumentalización de la izquierda mártir durante el franquismo, construyen un débil argumento de autoridad con el que imponerse y despreciar toda opción izquierdista alternativa y por supuesto, más extremista; identificando su izquierda con La Izquierda.
Esta izquierda de la que hacen bandera consiste en un conjunto de consignas moralistas bastante superficiales que no hacen más que reforzar el feroz sistema neoliberal mediante el maquillaje de la retórica del eufemismo, en lugar de combatirlo. Con simplicidad unifican su postura con el apelativo “rojo”, que tanto puede aplicarse a votantes convencidos del PSOE como aquellos que con puño alzado asisten a los mítines de IU.
“Comunistas” a la cabeza de grandes empresas, “rojos” que escolarizan a sus hijos en Los Maristas, “pacifistas” que ordenan cargas policiales, “socialistas” que visten ropa por el valor de más de un sueldo, “progres” que leyendo La Vanguardia se escandalizan por los actos de los incívicos (magnífica palabra inventada por ese mismo periódico y que no significa nada).
Izquierda socialdemócrata de postal cuya máxima actitud militante florece tras unos cuantos tragos de vino y consiste en un par de comentario despectivos contra la iglesia y un puñado de desgastados chistes malos sobre Aznar.
También fuman porros alguna vez (siempre es importante cierto grado de bohemia entre los rojos) y no tienen reparos en decir “follar” en público (es que también son muy liberales).
En su conjunto, una imagen idealizada y mitificada de una izquierda que pertenece al pasado, siendo hoy simple palabrería incoherente, hipócrita, desfasada y fantoche.
Lo que más nos molesta de ellos no es su pasado ni su actual nostalgia, sino el hecho de que se adjudicaran el monopolio de todos los sectores políticos y sociales que simplemente no son de derechas. Que actúen con actitud aleccionadora y que desacrediten toda opción no moderada (ya lo dicen ellos: “No sé de qué te quejas... ¡Esto antes era mucho peor!”).
Pronto publicaremos algo referente a la 2ª generación de la épica roja.
Joaquín Sabina
Joaquín Sabina posiblemente sea uno de los personajes públicos que más despreciamos. Es, además, un interesante sujeto que reúne la mayoría de las características que identifican a los promotores de lo que hemos decidido llamar “épica roja”.
La épica roja la construyen ciertos personajes resultantes de la generación que durante la primera mitad de la década de 1970, en pleno declive de la dictadura franquista, fueron jóvenes y (la mayoría de ellos) estudiantes universitarios. Todos aquellos que, desde la clandestinidad, de forma activa o tan sólo de pensamiento, fueron antifranquistas.
La mayoría, jóvenes idealistas que se empachaban con la lectura de Marx y tarareaban los estribillos de Paco Ibañez, Raimon y Luís Llach.
Hoy en día, se han apropiado de la izquierda política “oficial”, la izquierda más vistosa convertida en referente. Su actual ideología descafeinada y anacrónica es aceptada por todos por pertenecer a aquellos que participaron en ese “pasado glorioso” de lucha contra el estado dictatorial. Aquello que ellos mismos resumen con la maravillosa frase recurrente, repetida hasta la saciedad: “Yo corrí delante de los grises”.
Con esta poco sutil instrumentalización de la izquierda mártir durante el franquismo, construyen un débil argumento de autoridad con el que imponerse y despreciar toda opción izquierdista alternativa y por supuesto, más extremista; identificando su izquierda con La Izquierda.
Esta izquierda de la que hacen bandera consiste en un conjunto de consignas moralistas bastante superficiales que no hacen más que reforzar el feroz sistema neoliberal mediante el maquillaje de la retórica del eufemismo, en lugar de combatirlo. Con simplicidad unifican su postura con el apelativo “rojo”, que tanto puede aplicarse a votantes convencidos del PSOE como aquellos que con puño alzado asisten a los mítines de IU.
“Comunistas” a la cabeza de grandes empresas, “rojos” que escolarizan a sus hijos en Los Maristas, “pacifistas” que ordenan cargas policiales, “socialistas” que visten ropa por el valor de más de un sueldo, “progres” que leyendo La Vanguardia se escandalizan por los actos de los incívicos (magnífica palabra inventada por ese mismo periódico y que no significa nada).
Izquierda socialdemócrata de postal cuya máxima actitud militante florece tras unos cuantos tragos de vino y consiste en un par de comentario despectivos contra la iglesia y un puñado de desgastados chistes malos sobre Aznar.
También fuman porros alguna vez (siempre es importante cierto grado de bohemia entre los rojos) y no tienen reparos en decir “follar” en público (es que también son muy liberales).
En su conjunto, una imagen idealizada y mitificada de una izquierda que pertenece al pasado, siendo hoy simple palabrería incoherente, hipócrita, desfasada y fantoche.
Lo que más nos molesta de ellos no es su pasado ni su actual nostalgia, sino el hecho de que se adjudicaran el monopolio de todos los sectores políticos y sociales que simplemente no son de derechas. Que actúen con actitud aleccionadora y que desacrediten toda opción no moderada (ya lo dicen ellos: “No sé de qué te quejas... ¡Esto antes era mucho peor!”).
Pronto publicaremos algo referente a la 2ª generación de la épica roja.
Sunday, June 08, 2008
Uno
Siempre he admirado a O.
Es la única persona que conozco a la que han preguntado con toda sinceridad:
-Oye, tú nunca te tomas nada en serio, ¿verdad?
Es la única persona que conozco a la que han preguntado con toda sinceridad:
-Oye, tú nunca te tomas nada en serio, ¿verdad?
Thursday, June 05, 2008
El milagro de la vida
-Pero como mínimo tuvo la decencia de ir al lavabo.
-Sí, tuvo la decencia de ir al lavabo cuando empezó a sentir las nauseas. Ya sabes, cuando notaba el amargor en la garganta. Eso no se lo reprocho.
-¿Y entonces?
-Bueno, el caso es que no levantó la tapa, ¿sabes? Lo dejó todo hecho un asco. Lo limpió su amigo, el rubio.
-Ya veo… De hecho es normal que las embarazadas tengan vómitos.
-Una mierda. Las embarazadas borrachas vomitan. Lo que no es normal que pille esos pedos.
-¿De cuantos meses está?
-No lo sé, pero aun no se le nota.
-Sí, tuvo la decencia de ir al lavabo cuando empezó a sentir las nauseas. Ya sabes, cuando notaba el amargor en la garganta. Eso no se lo reprocho.
-¿Y entonces?
-Bueno, el caso es que no levantó la tapa, ¿sabes? Lo dejó todo hecho un asco. Lo limpió su amigo, el rubio.
-Ya veo… De hecho es normal que las embarazadas tengan vómitos.
-Una mierda. Las embarazadas borrachas vomitan. Lo que no es normal que pille esos pedos.
-¿De cuantos meses está?
-No lo sé, pero aun no se le nota.
Sunday, May 18, 2008
Felicidad, libertad y amor
“Felicidad”, “libertad” y “amor” son ideas que se han vulgarizado por desgaste. Su uso excesivo, a menudo injustificado y recurrentemente manipulado, hacen de estos términos conceptos vacíos, recursos fáciles para el adorno simplista de cualquier discurso.
“La permanencia cósmica de la ortogonalidad” o “el esplendor geométrico de la mecánica del mundo”, en cambio, mantienen la misma fuerza y concreción de significado que en origen.
“La permanencia cósmica de la ortogonalidad” o “el esplendor geométrico de la mecánica del mundo”, en cambio, mantienen la misma fuerza y concreción de significado que en origen.
Tuesday, April 29, 2008
Der Blaue Reiter
Últimamente no logro encontrarme. Intento localizarme a mi mismo pero resulta imposible. Creo que me estoy esquivando. Comunican todas mis llamadas. Por las mañanas, me saludo con un imperceptible movimiento de cabeza y me voy antes de poder hablar conmigo.
Cuando me pregunto si he hecho algo, me hago el loco y contesto cualquier cosa. “Es que últimamente he estado ocupado, colega. No es por mi, en serio. No es nada personal”.
Y si esto no es personal, entonces, ¿qué lo es?
Cuando me pregunto si he hecho algo, me hago el loco y contesto cualquier cosa. “Es que últimamente he estado ocupado, colega. No es por mi, en serio. No es nada personal”.
Y si esto no es personal, entonces, ¿qué lo es?
Monday, March 24, 2008
El cambio sobrenatural
-¿Qué tal el nuevo año?
-Pse… con cambios.
-Los cambios son buenos.
-Eso no es cierto. Hay cambios que van para mal.
-¿Y los tuyos han ido para bien o para mal?
-Para normal.
-¿”Paranormal” en qué sentido?
-No, no. “Paranormal”, no. “Para normal”.
-Ah… Ya veo. Regresando a la normalidad, ¿no?
-No. No hay regreso. No he salido de la normalidad en ningún momento. Y no se puede regresar de dónde uno no se ha marchado.
-Entonces no ha habido cambios…
-Sí los ha habido. Ha habido cambios para que todo siga igual, para mantener la normalidad.
-¿Y eso es bueno o malo?
-Pse… con cambios.
-Los cambios son buenos.
-Eso no es cierto. Hay cambios que van para mal.
-¿Y los tuyos han ido para bien o para mal?
-Para normal.
-¿”Paranormal” en qué sentido?
-No, no. “Paranormal”, no. “Para normal”.
-Ah… Ya veo. Regresando a la normalidad, ¿no?
-No. No hay regreso. No he salido de la normalidad en ningún momento. Y no se puede regresar de dónde uno no se ha marchado.
-Entonces no ha habido cambios…
-Sí los ha habido. Ha habido cambios para que todo siga igual, para mantener la normalidad.
-¿Y eso es bueno o malo?
Wednesday, December 19, 2007
La nariz
Huele raro por aquí. Algo huele a podrido. He mirado debajo de la cama pero no hay nada. En la cocina todo parece normal y el lavabo huele a lejía. Hay un hedor extraño que aparece pronto por la mañana. Me despierta cada día, me acompaña mientras tomo café. Llega con el amanecer, pero nunca se queda hasta mediodía. Algo huele raro por aquí y no logro descubrir qué es.
Ella

-Lo que más rabia me da de ella es que siempre usa diminutivos al hablar. “He comido una ensaladita con una salsita muy rica y luego me he tomado un cafetito”.
-Sí, y luego esta colando constantemente palabras en otros idiomas. Te da la mano y la muy petarda te dice “enchanté”.
-“Enchanté” …no te jode.
-Y luego te dice “Oh, thank you, my darling” y “hoy me siento down”. Lo peor, de hecho, fue lo de ayer. Le conté que, el otro día, en un bar nos trataron fatal desde que nos vieron entrar, y va ella y me suelta: “es que a las mujeres no nos tratan bien si no es dentro de la cocina… es que este es un mundo de hombres …es que no debemos dejar que nos traten así…”. Y yo le digo: “Oye tía, ¿que no te das cuenta? Que yo no tengo problemas por ser mujer, que los tengo por ser negra”. Y se me queda mirando con ojos bizcos. Una petarda, eso es lo que es.
-Sí, y luego esta colando constantemente palabras en otros idiomas. Te da la mano y la muy petarda te dice “enchanté”.
-“Enchanté” …no te jode.
-Y luego te dice “Oh, thank you, my darling” y “hoy me siento down”. Lo peor, de hecho, fue lo de ayer. Le conté que, el otro día, en un bar nos trataron fatal desde que nos vieron entrar, y va ella y me suelta: “es que a las mujeres no nos tratan bien si no es dentro de la cocina… es que este es un mundo de hombres …es que no debemos dejar que nos traten así…”. Y yo le digo: “Oye tía, ¿que no te das cuenta? Que yo no tengo problemas por ser mujer, que los tengo por ser negra”. Y se me queda mirando con ojos bizcos. Una petarda, eso es lo que es.
Wednesday, September 19, 2007
A la memoria de L.
D. despertó sobre el asfalto de una calle que desconocía. Su estómago se revolvía en un malestar que ascendía en forma de náusea hasta la garganta, irritada por el ácido de los jugos gástricos. Una lengua insensible raspaba su paladar reseco y sus labios cortados por el frío temblaban al sostener un cigarro sin encender. No recordaba dónde había dejado su mechero. Su cara húmeda por el sudor frío dibujaba una mueca de dolor. Le dolía la cabeza. Sí, aquello era lo peor. Le dolía a matar.
No recordaba dónde dejó el mechero ni tampoco como había llegado hasta allí, aunque podía estar seguro de que la noche anterior pilló un pedo de puta madre.
Sentado en la acera, con el cigarro pendiendo de su boca, estuvo un buen rato esperando despertarse y, sobretodo, que alguien le diera fuego. Una chiquilla con uniforme y mochila a la espalda, de unos trece o catorce años, se lo dio. Muy simpática, le regaló el mechero.
Fumó lentamente pensando que la cabeza le iba a estallar y que lo mejor sería marcharse de ahí cuanto antes. A saber cuantas horas llevaba tumbado en esa acera. Además, parecía que iba a llover. No obstante, se sentía cansado y no le apetecía ponerse a caminar hacia ninguna dirección así de repente. Un coche de policía, pero, le hizo cambiar de idea. Pasó delante de él, llevando dentro dos agentes, uno de los cuales, el copiloto, le lanzó una mirada de madero gilipollas a través de unas gafas de sol de búho. D. se puso nervioso y se levantó de golpe. El coche patrulla, por suerte, pasó de largo y los agentes no vieron como se tambaleaba D., a punto de desplomarse en el suelo. Se le había cegado la vista y las piernas le flaqueaban. “Se me va la olla” se dijo a si mismo. Se sentía cansado y mareado, apenas podía mantenerse en pie. Y la cabeza la dolía. Le dolía a matar. Se llevó la mano a la parte posterior, dónde el dolor era más fuerte, y notó que estaba mojada y que tenía cosas enredadas en el pelo. “Piedras del suelo”, pensó. Cuando se miró la palma de la mano vio que estaba sucia de sangre roja y que las “pierdas de suelo” eran cristales rotos. Su sangre estaba algo diluida y olía raro. Olía a algo que normalmente huele bien, pero que a esa hora le revolvía el estómago. Necesitó unos segundo para comprenderlo.
“Mmmh… Algún borracho hijo de la gran puta me ha partido una botella de José Cuervo en la cabeza” murmuró finalmente.
Caminó un poco, con idea de buscar ayuda. Pero pronto se sintió muy cansado. Tenía sueño. Decidió que no valía la pena ponerse a caminar ahora, mejor era dormir un rato más.
Se sentó en un portal y encendió un nuevo cigarro. Le dio gracias de nuevo a la chiquilla del uniforme. Sí, muchas gracias. Y sobre un charco de sangre que apestaba a tequila se durmió.
No recordaba dónde dejó el mechero ni tampoco como había llegado hasta allí, aunque podía estar seguro de que la noche anterior pilló un pedo de puta madre.
Sentado en la acera, con el cigarro pendiendo de su boca, estuvo un buen rato esperando despertarse y, sobretodo, que alguien le diera fuego. Una chiquilla con uniforme y mochila a la espalda, de unos trece o catorce años, se lo dio. Muy simpática, le regaló el mechero.
Fumó lentamente pensando que la cabeza le iba a estallar y que lo mejor sería marcharse de ahí cuanto antes. A saber cuantas horas llevaba tumbado en esa acera. Además, parecía que iba a llover. No obstante, se sentía cansado y no le apetecía ponerse a caminar hacia ninguna dirección así de repente. Un coche de policía, pero, le hizo cambiar de idea. Pasó delante de él, llevando dentro dos agentes, uno de los cuales, el copiloto, le lanzó una mirada de madero gilipollas a través de unas gafas de sol de búho. D. se puso nervioso y se levantó de golpe. El coche patrulla, por suerte, pasó de largo y los agentes no vieron como se tambaleaba D., a punto de desplomarse en el suelo. Se le había cegado la vista y las piernas le flaqueaban. “Se me va la olla” se dijo a si mismo. Se sentía cansado y mareado, apenas podía mantenerse en pie. Y la cabeza la dolía. Le dolía a matar. Se llevó la mano a la parte posterior, dónde el dolor era más fuerte, y notó que estaba mojada y que tenía cosas enredadas en el pelo. “Piedras del suelo”, pensó. Cuando se miró la palma de la mano vio que estaba sucia de sangre roja y que las “pierdas de suelo” eran cristales rotos. Su sangre estaba algo diluida y olía raro. Olía a algo que normalmente huele bien, pero que a esa hora le revolvía el estómago. Necesitó unos segundo para comprenderlo.
“Mmmh… Algún borracho hijo de la gran puta me ha partido una botella de José Cuervo en la cabeza” murmuró finalmente.
Caminó un poco, con idea de buscar ayuda. Pero pronto se sintió muy cansado. Tenía sueño. Decidió que no valía la pena ponerse a caminar ahora, mejor era dormir un rato más.
Se sentó en un portal y encendió un nuevo cigarro. Le dio gracias de nuevo a la chiquilla del uniforme. Sí, muchas gracias. Y sobre un charco de sangre que apestaba a tequila se durmió.
Tuesday, August 28, 2007
Pobre chaval

-Disculpe, podría hacer el favor de dejar de desnudarme con la mirada. –Dice ella, con patente ironía en los modales- …Si no le importa, claro.
-Oh, lo siento mucho… -Dice él, neutro. – Pero no se preocupe, aun no le había quitado el sostén.
-Pues no es usted muy habilidoso, la verdad –se ríe ella-. Ya lleva un buen rato.
-Ya, es que tengo un ojo vago.
Y ella piensa: pobre chaval.
Friday, August 03, 2007
Querido Dr. Jeckyll

Como distinguido caballero que es, sabrá de buena manera lo embarazoso que resultan las ventosidades ante la presencia de otras personas y, en especial, de mujeres; además de la incomodidad estomacal que por sí mismas suponen. Por este motivo, le pido y ruego encarecidamente que, a partir de ahora, haga el favor de controlar el consumo de legumbres en la cena, además del de las coles de Bruselas cuya digestión me resulta verdaderamente problemática.
Un saludo,
Mr. Hyde
Saturday, July 14, 2007
Querido sr. S:


Escribo hoy para pedirte ayuda, que sé que me concederás porque quién te la pide es un amigo y porque te servirá para saciar tu curiosidad, la cual despertaré con el relato que sigue.
Hace dos semanas, más o menos, llegué un día tarde al trabajo por la visita de un inspector de policía. Muy pronto por la mañana, habiéndome apenas vestido y sin haber desayunado, llamaron a la puerta un hombre uniformado con cara de sueño y un señor sin uniforme pero con placa también. Muy amablemente me rogaron estos señores si podían hablar conmigo y con todo aquel que viviese en el piso, eso sin disculparse por la temprana hora. Muy amablemente les ofrecí un café que rehusaron y les respondí que justo aquellos días estaba yo solo en la casa, aunque habitualmente solía haber una persona más.

Insistió el inspector (sin uniforme) en que no se trataba de ningún interrogatorio, sino de una simple y rutinaria “recopilación de información” relacionada con mi vecino. Les dije que ni tan siquiera sabía que teníamos vecino, siempre creímos que el piso de al lado estaba vacío. Al parecer un tal V., de unos veintipocos años de edad, vivía pared con pared con nosotros hasta que desapareció dos semanas atrás, siendo este el asunto que la policía deseaba tratar. En ese caso, como está claro, la ayuda que yo pudiera ofrecer era ninguna. Aun así, quizás por compromiso, el inspector charló un poco conmigo mientras que el agente de uniforme se mordía las uñas. Esto fue lo que provocó mi retraso en el trabajo pero valió la pena.
V., al parecer, hizo un viaje de tres días a Al-Haram, en Egipto, del cual, según la compañía aérea, regresó. Y entonces desapareció. Quizás en el aeropuerto, no está muy claro. Su novia denunció la desaparición pasada una semana de su regreso, tras llamar al hotel, a la embajada y a la compañía aérea dónde le aseguraron que V. había tomado el avión de regreso. No había noticia alguna de su equipaje. La teoría de ella (la novia) es que V. sigue en Al-Haram y que alguien tomó en su lugar el vuelo de regreso. “Tonterias” según el inspector. A mi no me parece tan descabellado aunque, no obstante, la explicación más simple es que desapareciera una vez hubiera regresado. Se despidió el inspector concertando una “casi segura entrevista para la semana que viene” que nunca tuvo lugar.
Con quién sí tuve una entrevista fue con los padres de V. quienes, sospechosos de cierto escepticismo y pasividad policial, decidieron “recopilar información” por ellos mismos. Unos señores ya mayores, muy formales, muy atentos y comprensivos incluso en la situación que estaban viviendo. Sin poderles dar yo nada me agradecieron con insistencia que, como mínimo, les hubiese atendido. De ellos saqué que V. era dependiente en una ferretería, aunque había estudiado en la universidad, creo que Geografía. Que le gustaba mucho la música y tenía especial interés por la historia, en concreto, la Baja Edad Media. Era militante del Partido Comunista, como su padre. Había ido a una especie de encuentro, allá en Al-Haram, relacionado con el Partido. No hubo forma de localizar a los organizadores.
Sin que yo me sorprendiera demasiado, pasados unos días, acudió también la novia de V., una chica bastante guapa. El motivo de su visita era idéntico al de las dos últimas entrevistas aquí descritas, cosa que en la presente mencioné por su evidente relevancia. La novia de V. se alteró bastante al oír que los padres fueron los segundos visitantes, pues, según afirmó con seguridad, estos, en realidad, habían muerto años atrás en un accidente de coche. De viaje por Bulgaria, creo. A partir de este punto la chica, más que preguntarme por V., de quién yo poca información podía dar, lo hizo sobre la visita de los supuestos padres. Les describí a ellos y el desarrollo del encuentro. Ella negaba con la cabeza sin parar. Según me dijo, casi todo en cuanto aquellos señores habían dicho sobre V. era mentira, salvo que era militante del Partido Comunista (como lo fue su padre en vida) y que tenía afición por la música, pero no demasiada. Su novio en realidad era cocinero, y nunca había estado en la universidad. Tampoco había ninguna reunión en Al-Haram, V. había ido a ver a un amigo, P. (que ella también conocía y con quien también tenía amistad) y para visitar el país pues, en lugar de interesarse por la Edad media, su interés en la historia recaía realmente en el Antiguo Egipto. A P. lo llamó hacía más de una semana pero este aseguró no saber nada del paradero de su novio, ni tan solo haber hablado con él en los últimos tres meses. Es más, desde hacía varias semanas ya no vivía en Al-Haram, sino que se había trasladado a Abu Halab.
La chica supuso que los “padres” estaban relacionados con quién fuera (quizás ellos mismos) que se hizo pasar por V. en su viaje de vuelta y responsables de su desaparición. Puse en duda la suplantación en el avión a lo que ella no veía otra posibilidad ya que, según me contó, ella esperó en el aeropuerto ante la única puerta de salida hasta que el avión quedó vacío. También puse en duda que ella fuese quien decía ser, pues tanto podían mentirme los señores de la anterior entrevista como ella misma. Se echó a reír pero se detuvo en seco y mirando al suelo reconoció que mi duda era razonable. Me mostró una foto de los dos, que podría ser falsa, pero que me permitió poner rostro (aunque no fuese verdadero) a V. No muy alto, con el pelo corto, de ojos azules (como lo fueron los míos), boca pequeña y labios finos, joven pero con cara cansada. Muy delgado. Mientras miraba la foto, ella, más pensando en voz alta que hablando conmigo, planteaba la posibilidad de que la desaparición tuviera algo que ver con el Partido Comunista, por ser lo único verdadero mencionado por “sus suegros”. Luego mencionó algo más sobre egiptología pero su discurso se oscurecía hacia el monologo interior y yo me perdí.
Al final me dio su teléfono y dio gracias tanto como disculpas. Cuando se marchó, sin mucha reflexión, decidí que creería su versión.

Esta mañana ha llegado N. Se lo he contado todo y le he advertido de una poco probable visita de la policía para hablar con él. Se ha reído un buen rato y luego me ha dicho que en una ocasión habló con V. (dice que creía habérmelo contado). Al parecer, hacía unos meses, llamó un día a nuestra puerta para preguntar sí nos habían cortado el agua, ya que a él, al parecer, sí. N. lo comprobó y le dijo que sí (hubo una avería en el edificio) y entonces le regaló una botella por si le entraba sed. Y eso es todo. Luego me ha contado que solía oírle a través de la pared de su habitación, que debía comunicar con el salón de la otra casa. Se oían “curiosas reuniones” en las que normalmente, al principio, se escuchaba una única voz soltando frases cortas entre largos silencios. Luego esa misma voz hacía una especie de recitado que otras voces repetían a coro. Finalmente, todas las voces a cantaban un poco y luego hablaban normal. Todo muy serio, nada de risas. N. no entendía nada de lo que decían, quizás porque hablaban en otro idioma o quizás no. Él solo ve dos explicaciones: que fueran mormones e hicieran sus rezos y cantos o que dieran clases de idiomas.
Llegando al final de la carta, despertada tu curiosidad, te pido ayuda. Yo sé, aunque tú no sabes cómo, que tienes un amigo en la embajada de Egipto, la relación con el cual procuras mantener oculta (ya lo sabes, soy una tumba). En todo caso te pido (y sé que lo harás) que hagas una llamada a tu amigo y preguntes por V. Aquello que no estoy tan seguro que hagas es escribir una respuesta a esta carta con las respuestas de tu amigo; y es en ello en lo que entra en juego tu altruismo dejando de lado la simple satisfacción personal que supone saciar la curiosidad.
No te olvida, R
Tuesday, June 12, 2007
Las cosas que van bien
-¿Cómo va todo?¿Sigues escribiendo?
-Pues no últimamente… No mucho. Aunque tengo algunas ideas. Sí, algo está rondando por mi cabeza. Algo nuevo. Se trata de algo extenso, quizás una novela. O una novela corta. Trata de un escritor que se ha quedado sin ideas y que comienza ha experimentar un importante cambio en su vida. Posiblemente a raíz de conocer un nuevo amor. Todo ello le llevará a recuperar la inspiración.
-¿La inspiración?
-Sí, sí, la inspiración. Va muy unida al amor. Y a los cambios vitales. Creo que puede salir una buena historia.
-Parece original.
-Sí.
-No, no, en serio. No es original, es una mierda… Es que pareces tonto, la verdad. ¿Qué es eso de la inspiración y el amor y esas cosas? Que te lo digo en serio, ¿eh? Que no me estoy quedando contigo. Es que no sé qué coño les pasa a los escritores que ya no saben hablar más que de escritores. Siempre la misma historia, la misma mierda. Yo no sé ni porqué estoy perdiendo el tiempo hablando aquí contigo, cacho idiota.
Y entonces me marché.
Saturday, June 02, 2007
Agua cerrada
Se suele rehusar el uso de los servicios públicos por su habitual mal estado, su inevitable suciedad y su previsible mal olor.
En cuanto al olor a mierda, no resulta tan terrible teniendo en cuenta su previsibilidad. Peor es encontrarse un olor de origen desconocido, que nos coja desprevenidos y que despierte nuestra imaginación.
Friday, May 11, 2007
L. pasando calor

A L. le dolía la cabeza y tenía calor. Despertó con la incomodidad de las sábanas pegadas a su cuerpo sudado. Las apartó y durante un rato intentó dormirse de nuevo. No lo consiguió, el cubrecama seguía pegándose a la piel. Se levantó al fin para ir al lavabo y echarse agua en la cara. Como aquello la alivió ligeramente decidió ducharse. Uno minutos bajo el agua fría que ahuyentaron temporalmente la sensación de calor, pero no el dolor de cabeza. Pensó que necesitaba un café, pero la bebida caliente no la atraía. Y el café con hielo le daba asco.
Secándose con la toalla recuperó el calor, y su cuerpo comenzó a sudar de nuevo. Decidió salir de la casa e ir a buscar a M. ¿Por qué? No lo sabía, tan solo tenía la necesidad de encontrarse con él. Quizás tenía que ver con el calor.
Al salir a la calle su vista emblanqueció, sus ojos se cerraron y experimentó un dolor punzante en la frente. Se puso las gafas de sol y tardó unos segundos en acostumbrarse a la luz. En estos segundos percibió también el olor del calor, ese hedor espeso en el aire. Cuando comenzó a caminar el aire produjo sensación de frescor sobre su húmeda piel. Pensó en acercarse al trabajo de M. caminando, pues resultaba más agradable que usar el autobús que, aunque provisto de aire acondicionado, el calor humano que en él se concentra alimenta una atmósfera más asfixiante que el exterior bañado por el sol. En cualquier caso, tampoco tenía dinero o bono.
Caminó veinte minutos hasta que comenzó a dolerle más la cabeza. El sol azotaba violentamente su nuca. Se mareó.
Quedaba el metro. Subterráneo, con luz artificial, refrigerado en los vagones pero ardiente en el andén. No lo pensó mucho. Se coló en la estación más cercana y llegó al andén dónde la pantalla luminosa indicaba la llegada del próximo tren en cuatro minutos. L. deseó reventar esa pantalla de una pedrada. Un tipo gordo, que con tres botones de la camisa abiertos mostraba los pelos blancos empapados en sudor de su pecho, observó con descaro la silueta de L. dibujada en una camiseta y unos vaqueros cortos que, como sucediera con las sábanas, se le pegaban a la carne. De nuevo L. deseó lanzar una pedrada. [A pesar del sofoco, hubo un instante en que un escalofrío le recorrió el cuerpo al sentir una gruesa gota deslizarse por su espalda.]
Llegó el tren y entró en el vagón por los empujones de los que venían detrás. Se agarró a la barra metálica, tibia y resbaladiza por las manos del centenar de personas que la habían usado hasta esa hora. Intentó encontrar algún punto frío, que nadie hubiera tocado aun, en los extremos más alto y más bajo del estrecho cilindro -era un chica de estatura normal. No hubo suerte. El tipo gordo, además, se sujetaba en la misma barra y balanceaba su cuerpo simulando que el motivo de ello era la inestabilidad del vagón en marcha, aunque, de ser así, sus movimientos eran demasiado exagerados. L. pronto observó como el gordo de ese modo se esforzaba con poca discreción a rozar su cadera con la de ella. L. soltó la barra.
-Eres un cerdo, gordo cabrón. –Dijo sin exclamar. Se alejó del hombre mientras este decía, exclamando:
-¡Pero qué dices niña!¿A qué viene eso?¡Tu a mi no me insultas!
Llegando al fondo del vagón una voz la llamó por su nombre. L. encontró sonriente a alguien que conocía, R. Un tipo cejijunto, muy listo, pero, precisamente por eso, demasiado arrogante.
-¿Qué tal L.? Tienes mala cara.-Dijo.
L. se sentó a su lado e intento sin éxito esbozar una sonrisa.
-Hace mucho calor.-Respondió ella.
-Ya. –Dijo él. Bastante animado, cosa que sorprendió levemente a L. sabiendo que R. era un tipo que muy a menudo solía estar enfadado con todo y con todos, observando el devenir del mundo como quién observa a su perro refregándose en el césped. Pero era un tipo listo y costaba reprochárselo. -Bueno, ya era hora que llegara el calor, ¿no?
-No.
-Me parece que alguien viene con resaca.
-¿A sí? ¿Quién?
-¿A dónde fuisteis ayer?
-Por ahí.
-Bueno, bueno. No digo nada más.
-No, si no es eso… Lo que pasa que tengo un mal día. Y ese tío gordo no paraba de sobarme.
-La gente no sabe controlarse en verano. El sol les calienta la cabeza y se tornan todos tontos. No deberían salir de casa en verano. No se deberían tomar decisiones importantes, ¿sabes? Me refiero a lo político… y a todo, de hecho. El mundo debería cerrar en verano y hacer lo que hacen los osos en invierno. O sea: nada.
-Esta conversación me esta dando mucho calor, ¿sabes? ¿Por qué no…?
-¿Por qué no qué?
L. no respondió.
-Bueno, ¿y a dónde vas ahora? -Preguntó al poco R.
-Voy a ver a M.
-¿No está trabajando?
-Sí.
-Le llamé ayer, pero no contestaba.
-Ya. Se dejó el teléfono en casa.
-Oye, no te cabrees, pero ¿te importa quitarte las gafas de sol?
L. se palpó el rostro con un gesto casi involuntario y comprobó, sorprendida, que aun llevaba puestas las gafas. Lo había olvidado. Se las puso sobre la cabeza y advirtió el cambio de luz y cómo ahora veía mejor.
-Bueno, -continuó R.- y ¿con quién has dicho que fuiste ayer?
-No lo he dicho.
-Lo sé.
Hubo un silencio. R. Miraba fijamente a L. y ella procuraba mirar la nada aparentando desinterés. Pero al final se cansó:
-¡Bueno, vale! Ayer salimos con V. y P. Salimos y nos los pasamos de puta madre. En parte porque no hacía tanto calor.
-No sé como podéis ir con esos impresentables. Vaya par de desgraciados.
-¡Vete a la mierda, R! Siempre juzgando a la gente porque sí. Si te caen mal, te jodes; pero no me lo repitas cada vez que nos vemos.
-Te lo digo porque creo que son mala gente. Y creo que valéis más como para ir con ellos.
El rostro de L. enrojeció. Notó como los brazos sudaban de nuevo y que no podía contener la lengua:
-¡Qué te den por culo! ¿Qué coño vas a saber tú? Siempre dándole un valor a la gente, ¿qué significa eso de valemos más?¿Y quién coño eres tu para decidir con quién me conviene ir? Yo salgo con quién quiero y de no ser así no saldría contigo. A ratos voy con unos y a ratos con otros, y ya está. Siempre acaparando la gente para ti.
-Bueno, L., no es…
-Qué te den por el culo, R. Ya estoy lo bastante hecha polvo como para que vengas a calentarme la cabeza. Cómo si no hiciera suficiente calor ya… Yo me bajo en esta.
Aun faltaban un par de minutos para llegar a la siguiente estación, pero L. se puso de pié ante la puerta. Y los minutos permanecieron en silencio.
Y llegó el tren a la estación. L. soltó un fugaz adiós y se adentró de nuevo en una irrespirable atmósfera de calor sofocante. Se apresuró en salir al exterior del metro esperando encontrarse un cambio de temperatura suficientemente notable, hasta el punto que indujera a creer que al aire libre no se estaba tan mal. El cambio no fue tan sensible como ella esperaba y además allí afuera estaba el sol radiando con fuerza sobre el asfalto. Se disgustó, pero situó las gafas de sol ante sus ojos y comenzó a caminar, recuperando levemente el frescor del aire sobre su piel sudada.
Caminó diez minutos hasta alcanzar el lugar de trabajo de M., una tienda de instalación de antenas parabólicas. Cuando entró en el local y se detuvo ante el mostrador, experimentó en pocos segundos un sofoco de calor. Ya no estaba húmeda, sino mojada, empapada en sudor. Notó como se le enrojecían la mejillas y la vista se le nublaba ligeramente. Dos tipos cuarentones, hermanos seguramente (por semejanzas de cuerpo y gestos), la miraron interrogativamente imaginando, lo más seguro, que no se trataba de una clienta. L., antes de hablar, desplazó las gafas de sol sobre su cabeza.
-Busco a M.
-Está en el almacén. –Contestó automáticamente uno de los hombres. Apareció en ese momento, desde la trastienda, un chico joven, regordete, que miró sonriente a L.
-Hola, L. –Dijo con la confianza de los que se conocen y son amigos. A L. le sonaba aquel chaval. De vista. Era compañero de trabajo de M., claro.- ¿Buscas a M.? Está en el almacén. Es el otro local, el del final de la calle.
-Anda, acompáñala. –Dijo unos de los hermanos. Según entendió L., para quitársela de encima.
El chico dijo a L. que le siguiera. Ella lo hizo recolocándose las gafas y despidiéndose de los dos hombres con un inaudible adiós. En la calle las mejillas de L. pasaron de rojas a sonrojadas, pero aun algunas gotas recorrían su costado desde la axila hasta la cadera. El chico caminaba delante y de vez en cuando giraba su sonriente cabeza para comprobar, quizás, que aquella chica de pocas palabras siguiera ahí.
Llegaron a la entrada del almacén ante la que el chico se detuvo, como si una fuerza invisible le impidiera entrar en él.
-Yo tengo que dejarte aquí –Dijo.- M. está ahí dentro. Yo tengo que volver.
-Vale, gracias.
-Adiós L.
-Sí, adiós.
El chico sonrió un poco más antes de marcharse realmente.
L. entró en el almacén que era oscuro, lo que le daba cierto frescor. Olía, eso sí, a humedad. Caminó por un estrecho pasillo de cajas de cartón, encontrándose al final con una estancia pequeña dónde M. colocaba más cajas en estanterías. Cuando vio a L. se quedó inmóvil, con cara de sorpresa, sujetando una caja entre las manos. También L. se sorprendió al ver a M., con los brazos temblorosos, la espalda encorvada y unos ojos cansados, rodeados de color morado. El rostro de M. brillaba, y sus poros se distinguían desde dónde L. se encontraba.
-¿Qué haces tú aquí? – Preguntó M.
L. se preocupó al hacerse ella misma esa pregunta. De repente no podía recordar porqué, al salir de la ducha, decidió ir a buscar a M. Pronto advirtió confusa y avergonzada que en ningún momento pensó un porqué. Lo decidió y basta.
-No lo sé. –Contestó ella.
-¿Cómo que no lo sabes? –Dijo M. dejando la caja en el suelo y acercándose a ella con la mirada fija. L. procuraba evitarla y hablaba mirando las cajas de las estancias, leyendo lo que había escrito en ellas.
-Pues no sé. Hacía calor y he venido.
-¿Pero tú sabes que hora es? ¿Qué has dormido, tres horas? Tres horas no, porque has llegado hasta aquí. ¿Has estado tan solo dos horas en la cama?
La vergüenza y el calor hicieron que le picara todo el cuerpo. Con una mano se frotó nerviosamente la cara encontrándose con que llevaba las gafas puestas. Se las quitó y empezó a manosearlas.
-Hacía mucho calor, -dijo- no podía dormir.
-No me extraña.-Dijo M., intentando rodearla con los brazos por la cintura. Ella se echó para atrás. Demasiado calor para que nadie la tocara. Le sobraban los brazos que la hacían sudar, le sobraba el pelo, separaba las piernas para no tocarlas entre sí. -¿Has visto qué cara llevas, L.?
No, no la había visto. O sí. Antes, en el espejo del lavabo. Claro. Pero en ese momento no se había fijado en su aspecto. En todo caso ahora ya había visto la cara de él y supuso que la suya debía tener unos colores similares.
-L., -dijo él agarrándola de las manos- ¿por qué no vuelves a casa y duermes un rato más? Yo volveré a mediodía y té despertaré.
-No puedo dormir con este calor.
El teléfono de M. sonó. Él lo cogió y miró la pantalla sin contestar.
-Es R.
-No contestes. –Se apresuró a decir ella.
-Ayer ya no le contesté.
-No lo hagas ahora tampoco. Te llama porque sabe que estoy aquí contigo. Me lo he encontrado en el metro y se me ha puesto en plan gilipollas. Ya sabes a que me refiero. -L. sabía que M. lo sabía. M. no contestó al teléfono, lo guardó en el bolsillo mientras seguía sonando.
-Esta bien, -dijo M.- ahora L., vete a casa, échate en la cama y procura dormir unas horas. Yo vendré a mediodía.
L. quería enfadarse con M., porque la estaba tratando como a una niña, pero no podía. Nunca podía. Entendió que estaba preocupado y por ello se sintió culpable a la vez que se lo reprochó, por ser tan paternalista. No podía soportarlo.
-No pasa nada. Me voy.
Se despidieron besándose y L. se puso las gafas otra vez. Caminó apresurándose, con ganas de marcharse del lugar, por entre el pasillo de cajas hasta la salida.
Dos italianos altos y moldeados en gimnasio, con camiseta blanca sin mangas, gafas de sol de búho y el pelo muy corto, comían Chupa Chups y hablaban animados ante la puerta del almacén impidiendo que L. saliera. Ella les llamó la atención y ambos recorrieron la mirada por L. desde los pies hasta la cabeza.
-Pasa, chica bonita. –Dijo con terrible acento uno de ellos, dejándole paso a continuación. L. no dijo nada. También ahora se hubiera enfadado, pero el olor de la calle ardiente hizo que se olvidara de los italianos, pensando únicamente que se había sumergido en un mar de agua caliente.
De camino al metro, recordó los instantes en que se había despertado, incómoda, en aquella cama. Entonces le dolía más la cabeza, ahora le dolía menos. Pero el calor era el mismo. Recordó cuando estaba en el baño, al salir de la ducha, tomando la decisión de ir a buscar a M. ¿Por qué? Recordó todo el camino recorrido, hasta llegar allí. El gordo. Y el calor. Por un momento le entraron ganas de llorar, pero se contuvo y al rato se le pasó.
Cerca del metro, de repente, por la misma razón por la que fue a buscar a M., L. decidió levantar la vista y mirar directamente al sol. En segundos la vista se le cegó, todo en cuanto veía era blanco y la frente le comenzaba a doler otra vez. Apartó entonces la mirada, cerrando los ojos con fuerza esperando recuperar la visión normal. Y así tropezó con algo y cayó de frente contra el asfalto caliente, anteponiendo el brazo izquierdo a modo de reflejo. Sintió un dolor fuerte en aquel brazo, había caído sobre algo. Se incorporó y, caminando de nuevo, se llevó la mano al brazo dolorido notando que ahora sudaba más que nunca. El sudor le caía a chorros. Vio entonces que no era sudor sino sangre. Se detuvo para ver sorprendida, más que presa del terror, como toda la camiseta y el pantalón estaban manchados en rojo. Pensó que debería ponerse a chillar de dolor, pero tan solo sentía un fuerte ardor por dónde brotaba la sangre. Pronto las piernas se doblaron débiles ante el peso del cuerpo y L. cayó de espaldas. Y tendida sobre el asfalto sentía como iba mojándose su espalda. Una mujer acudió en su socorro, se arrodilló ante ella con rostro de espanto y se echó a llorar ante la impotencia. Y L., al final, sonrió por primera vez en aquella mañana y lo último que dijo fue:
-¡Tengo frío!
Secándose con la toalla recuperó el calor, y su cuerpo comenzó a sudar de nuevo. Decidió salir de la casa e ir a buscar a M. ¿Por qué? No lo sabía, tan solo tenía la necesidad de encontrarse con él. Quizás tenía que ver con el calor.
Al salir a la calle su vista emblanqueció, sus ojos se cerraron y experimentó un dolor punzante en la frente. Se puso las gafas de sol y tardó unos segundos en acostumbrarse a la luz. En estos segundos percibió también el olor del calor, ese hedor espeso en el aire. Cuando comenzó a caminar el aire produjo sensación de frescor sobre su húmeda piel. Pensó en acercarse al trabajo de M. caminando, pues resultaba más agradable que usar el autobús que, aunque provisto de aire acondicionado, el calor humano que en él se concentra alimenta una atmósfera más asfixiante que el exterior bañado por el sol. En cualquier caso, tampoco tenía dinero o bono.
Caminó veinte minutos hasta que comenzó a dolerle más la cabeza. El sol azotaba violentamente su nuca. Se mareó.
Quedaba el metro. Subterráneo, con luz artificial, refrigerado en los vagones pero ardiente en el andén. No lo pensó mucho. Se coló en la estación más cercana y llegó al andén dónde la pantalla luminosa indicaba la llegada del próximo tren en cuatro minutos. L. deseó reventar esa pantalla de una pedrada. Un tipo gordo, que con tres botones de la camisa abiertos mostraba los pelos blancos empapados en sudor de su pecho, observó con descaro la silueta de L. dibujada en una camiseta y unos vaqueros cortos que, como sucediera con las sábanas, se le pegaban a la carne. De nuevo L. deseó lanzar una pedrada. [A pesar del sofoco, hubo un instante en que un escalofrío le recorrió el cuerpo al sentir una gruesa gota deslizarse por su espalda.]
Llegó el tren y entró en el vagón por los empujones de los que venían detrás. Se agarró a la barra metálica, tibia y resbaladiza por las manos del centenar de personas que la habían usado hasta esa hora. Intentó encontrar algún punto frío, que nadie hubiera tocado aun, en los extremos más alto y más bajo del estrecho cilindro -era un chica de estatura normal. No hubo suerte. El tipo gordo, además, se sujetaba en la misma barra y balanceaba su cuerpo simulando que el motivo de ello era la inestabilidad del vagón en marcha, aunque, de ser así, sus movimientos eran demasiado exagerados. L. pronto observó como el gordo de ese modo se esforzaba con poca discreción a rozar su cadera con la de ella. L. soltó la barra.
-Eres un cerdo, gordo cabrón. –Dijo sin exclamar. Se alejó del hombre mientras este decía, exclamando:
-¡Pero qué dices niña!¿A qué viene eso?¡Tu a mi no me insultas!
Llegando al fondo del vagón una voz la llamó por su nombre. L. encontró sonriente a alguien que conocía, R. Un tipo cejijunto, muy listo, pero, precisamente por eso, demasiado arrogante.
-¿Qué tal L.? Tienes mala cara.-Dijo.
L. se sentó a su lado e intento sin éxito esbozar una sonrisa.
-Hace mucho calor.-Respondió ella.
-Ya. –Dijo él. Bastante animado, cosa que sorprendió levemente a L. sabiendo que R. era un tipo que muy a menudo solía estar enfadado con todo y con todos, observando el devenir del mundo como quién observa a su perro refregándose en el césped. Pero era un tipo listo y costaba reprochárselo. -Bueno, ya era hora que llegara el calor, ¿no?
-No.
-Me parece que alguien viene con resaca.
-¿A sí? ¿Quién?
-¿A dónde fuisteis ayer?
-Por ahí.
-Bueno, bueno. No digo nada más.
-No, si no es eso… Lo que pasa que tengo un mal día. Y ese tío gordo no paraba de sobarme.
-La gente no sabe controlarse en verano. El sol les calienta la cabeza y se tornan todos tontos. No deberían salir de casa en verano. No se deberían tomar decisiones importantes, ¿sabes? Me refiero a lo político… y a todo, de hecho. El mundo debería cerrar en verano y hacer lo que hacen los osos en invierno. O sea: nada.
-Esta conversación me esta dando mucho calor, ¿sabes? ¿Por qué no…?
-¿Por qué no qué?
L. no respondió.
-Bueno, ¿y a dónde vas ahora? -Preguntó al poco R.
-Voy a ver a M.
-¿No está trabajando?
-Sí.
-Le llamé ayer, pero no contestaba.
-Ya. Se dejó el teléfono en casa.
-Oye, no te cabrees, pero ¿te importa quitarte las gafas de sol?
L. se palpó el rostro con un gesto casi involuntario y comprobó, sorprendida, que aun llevaba puestas las gafas. Lo había olvidado. Se las puso sobre la cabeza y advirtió el cambio de luz y cómo ahora veía mejor.
-Bueno, -continuó R.- y ¿con quién has dicho que fuiste ayer?
-No lo he dicho.
-Lo sé.
Hubo un silencio. R. Miraba fijamente a L. y ella procuraba mirar la nada aparentando desinterés. Pero al final se cansó:
-¡Bueno, vale! Ayer salimos con V. y P. Salimos y nos los pasamos de puta madre. En parte porque no hacía tanto calor.
-No sé como podéis ir con esos impresentables. Vaya par de desgraciados.
-¡Vete a la mierda, R! Siempre juzgando a la gente porque sí. Si te caen mal, te jodes; pero no me lo repitas cada vez que nos vemos.
-Te lo digo porque creo que son mala gente. Y creo que valéis más como para ir con ellos.
El rostro de L. enrojeció. Notó como los brazos sudaban de nuevo y que no podía contener la lengua:
-¡Qué te den por culo! ¿Qué coño vas a saber tú? Siempre dándole un valor a la gente, ¿qué significa eso de valemos más?¿Y quién coño eres tu para decidir con quién me conviene ir? Yo salgo con quién quiero y de no ser así no saldría contigo. A ratos voy con unos y a ratos con otros, y ya está. Siempre acaparando la gente para ti.
-Bueno, L., no es…
-Qué te den por el culo, R. Ya estoy lo bastante hecha polvo como para que vengas a calentarme la cabeza. Cómo si no hiciera suficiente calor ya… Yo me bajo en esta.
Aun faltaban un par de minutos para llegar a la siguiente estación, pero L. se puso de pié ante la puerta. Y los minutos permanecieron en silencio.
Y llegó el tren a la estación. L. soltó un fugaz adiós y se adentró de nuevo en una irrespirable atmósfera de calor sofocante. Se apresuró en salir al exterior del metro esperando encontrarse un cambio de temperatura suficientemente notable, hasta el punto que indujera a creer que al aire libre no se estaba tan mal. El cambio no fue tan sensible como ella esperaba y además allí afuera estaba el sol radiando con fuerza sobre el asfalto. Se disgustó, pero situó las gafas de sol ante sus ojos y comenzó a caminar, recuperando levemente el frescor del aire sobre su piel sudada.
Caminó diez minutos hasta alcanzar el lugar de trabajo de M., una tienda de instalación de antenas parabólicas. Cuando entró en el local y se detuvo ante el mostrador, experimentó en pocos segundos un sofoco de calor. Ya no estaba húmeda, sino mojada, empapada en sudor. Notó como se le enrojecían la mejillas y la vista se le nublaba ligeramente. Dos tipos cuarentones, hermanos seguramente (por semejanzas de cuerpo y gestos), la miraron interrogativamente imaginando, lo más seguro, que no se trataba de una clienta. L., antes de hablar, desplazó las gafas de sol sobre su cabeza.
-Busco a M.
-Está en el almacén. –Contestó automáticamente uno de los hombres. Apareció en ese momento, desde la trastienda, un chico joven, regordete, que miró sonriente a L.
-Hola, L. –Dijo con la confianza de los que se conocen y son amigos. A L. le sonaba aquel chaval. De vista. Era compañero de trabajo de M., claro.- ¿Buscas a M.? Está en el almacén. Es el otro local, el del final de la calle.
-Anda, acompáñala. –Dijo unos de los hermanos. Según entendió L., para quitársela de encima.
El chico dijo a L. que le siguiera. Ella lo hizo recolocándose las gafas y despidiéndose de los dos hombres con un inaudible adiós. En la calle las mejillas de L. pasaron de rojas a sonrojadas, pero aun algunas gotas recorrían su costado desde la axila hasta la cadera. El chico caminaba delante y de vez en cuando giraba su sonriente cabeza para comprobar, quizás, que aquella chica de pocas palabras siguiera ahí.
Llegaron a la entrada del almacén ante la que el chico se detuvo, como si una fuerza invisible le impidiera entrar en él.
-Yo tengo que dejarte aquí –Dijo.- M. está ahí dentro. Yo tengo que volver.
-Vale, gracias.
-Adiós L.
-Sí, adiós.
El chico sonrió un poco más antes de marcharse realmente.
L. entró en el almacén que era oscuro, lo que le daba cierto frescor. Olía, eso sí, a humedad. Caminó por un estrecho pasillo de cajas de cartón, encontrándose al final con una estancia pequeña dónde M. colocaba más cajas en estanterías. Cuando vio a L. se quedó inmóvil, con cara de sorpresa, sujetando una caja entre las manos. También L. se sorprendió al ver a M., con los brazos temblorosos, la espalda encorvada y unos ojos cansados, rodeados de color morado. El rostro de M. brillaba, y sus poros se distinguían desde dónde L. se encontraba.
-¿Qué haces tú aquí? – Preguntó M.
L. se preocupó al hacerse ella misma esa pregunta. De repente no podía recordar porqué, al salir de la ducha, decidió ir a buscar a M. Pronto advirtió confusa y avergonzada que en ningún momento pensó un porqué. Lo decidió y basta.
-No lo sé. –Contestó ella.
-¿Cómo que no lo sabes? –Dijo M. dejando la caja en el suelo y acercándose a ella con la mirada fija. L. procuraba evitarla y hablaba mirando las cajas de las estancias, leyendo lo que había escrito en ellas.
-Pues no sé. Hacía calor y he venido.
-¿Pero tú sabes que hora es? ¿Qué has dormido, tres horas? Tres horas no, porque has llegado hasta aquí. ¿Has estado tan solo dos horas en la cama?
La vergüenza y el calor hicieron que le picara todo el cuerpo. Con una mano se frotó nerviosamente la cara encontrándose con que llevaba las gafas puestas. Se las quitó y empezó a manosearlas.
-Hacía mucho calor, -dijo- no podía dormir.
-No me extraña.-Dijo M., intentando rodearla con los brazos por la cintura. Ella se echó para atrás. Demasiado calor para que nadie la tocara. Le sobraban los brazos que la hacían sudar, le sobraba el pelo, separaba las piernas para no tocarlas entre sí. -¿Has visto qué cara llevas, L.?
No, no la había visto. O sí. Antes, en el espejo del lavabo. Claro. Pero en ese momento no se había fijado en su aspecto. En todo caso ahora ya había visto la cara de él y supuso que la suya debía tener unos colores similares.
-L., -dijo él agarrándola de las manos- ¿por qué no vuelves a casa y duermes un rato más? Yo volveré a mediodía y té despertaré.
-No puedo dormir con este calor.
El teléfono de M. sonó. Él lo cogió y miró la pantalla sin contestar.
-Es R.
-No contestes. –Se apresuró a decir ella.
-Ayer ya no le contesté.
-No lo hagas ahora tampoco. Te llama porque sabe que estoy aquí contigo. Me lo he encontrado en el metro y se me ha puesto en plan gilipollas. Ya sabes a que me refiero. -L. sabía que M. lo sabía. M. no contestó al teléfono, lo guardó en el bolsillo mientras seguía sonando.
-Esta bien, -dijo M.- ahora L., vete a casa, échate en la cama y procura dormir unas horas. Yo vendré a mediodía.
L. quería enfadarse con M., porque la estaba tratando como a una niña, pero no podía. Nunca podía. Entendió que estaba preocupado y por ello se sintió culpable a la vez que se lo reprochó, por ser tan paternalista. No podía soportarlo.
-No pasa nada. Me voy.
Se despidieron besándose y L. se puso las gafas otra vez. Caminó apresurándose, con ganas de marcharse del lugar, por entre el pasillo de cajas hasta la salida.
Dos italianos altos y moldeados en gimnasio, con camiseta blanca sin mangas, gafas de sol de búho y el pelo muy corto, comían Chupa Chups y hablaban animados ante la puerta del almacén impidiendo que L. saliera. Ella les llamó la atención y ambos recorrieron la mirada por L. desde los pies hasta la cabeza.
-Pasa, chica bonita. –Dijo con terrible acento uno de ellos, dejándole paso a continuación. L. no dijo nada. También ahora se hubiera enfadado, pero el olor de la calle ardiente hizo que se olvidara de los italianos, pensando únicamente que se había sumergido en un mar de agua caliente.
De camino al metro, recordó los instantes en que se había despertado, incómoda, en aquella cama. Entonces le dolía más la cabeza, ahora le dolía menos. Pero el calor era el mismo. Recordó cuando estaba en el baño, al salir de la ducha, tomando la decisión de ir a buscar a M. ¿Por qué? Recordó todo el camino recorrido, hasta llegar allí. El gordo. Y el calor. Por un momento le entraron ganas de llorar, pero se contuvo y al rato se le pasó.
Cerca del metro, de repente, por la misma razón por la que fue a buscar a M., L. decidió levantar la vista y mirar directamente al sol. En segundos la vista se le cegó, todo en cuanto veía era blanco y la frente le comenzaba a doler otra vez. Apartó entonces la mirada, cerrando los ojos con fuerza esperando recuperar la visión normal. Y así tropezó con algo y cayó de frente contra el asfalto caliente, anteponiendo el brazo izquierdo a modo de reflejo. Sintió un dolor fuerte en aquel brazo, había caído sobre algo. Se incorporó y, caminando de nuevo, se llevó la mano al brazo dolorido notando que ahora sudaba más que nunca. El sudor le caía a chorros. Vio entonces que no era sudor sino sangre. Se detuvo para ver sorprendida, más que presa del terror, como toda la camiseta y el pantalón estaban manchados en rojo. Pensó que debería ponerse a chillar de dolor, pero tan solo sentía un fuerte ardor por dónde brotaba la sangre. Pronto las piernas se doblaron débiles ante el peso del cuerpo y L. cayó de espaldas. Y tendida sobre el asfalto sentía como iba mojándose su espalda. Una mujer acudió en su socorro, se arrodilló ante ella con rostro de espanto y se echó a llorar ante la impotencia. Y L., al final, sonrió por primera vez en aquella mañana y lo último que dijo fue:
-¡Tengo frío!
Wednesday, May 02, 2007
Torpes disparos
Recientemente he encontrado un comentario sobre el texto “Sobre los Tous y su nueva línea de pircings craneales” que publiqué anteriormente en este mismo blog. Es algo que escribí en un impulso de ira (como ahora escribo esto) frente a la polémica entorno al suceso del vigilante de seguridad de los Tous que no hace falta volver explicar. Por ser un texto de reacción y enfado reconozco en él, leyéndolo hoy, diversos errores e incoherencias en cuanto a la forma cómo está escrito; el contenido, no obstante, es claro y lo mantengo con firmeza como válido.
Hubo alguien (no dejó nombre) que, ante mi perplejidad, dejó el siguiente comentario sobre el texto:
Anonymous dijo...
me da pena la gente que se alegra de las desgracias de los demas. la gente que les gustaria tener la vida de los demas y como no pueden ya se sabe........ el que defiende lo indefendible. y el que habla y no da la cara. asi sois recelosos, envidiosos, miedosos. os levantais con ganas de que acabe el dia porque odias vuestras miseras vidas. teneis la esperanza de que vuestras vidas puedan cambiar y os dormis con la esperanza de no levantaros. os alegrais del mal ajeno porque se parece a vuestra vida y asi encontrais el consuelo. sabeis lo que os digo, que os den!, y moriros ya!!!!!!!
12:58 AM
Si alguien entiende la intención de este comentarista anónimo, por favor, que me lo cuente. No logro encontrar relación directa con la idea del texto “Sobre los Tous y…” y su comentario y tampoco entiendo a quién va dirigido.
Puede que “Anonymous” (llamémosle así), me critique a mí por ser de los que “nos alegramos de la desgracia ajena”. Sería lo más comprensible teniendo en cuenta el contexto y el uso de la segunda persona, aunque la falta de referencias al texto o al tema crean ambigüedad en el destinatario de la crítica. Pongamos, en todo caso, que es así.
Cierto que el texto que escribí contiene humor negro, como lo tenía, desde la posición contraria, el texto de Monzó; pero no encuentro en él ninguna expresión de alegría por la desgracia de nadie, más bien al contrario. La idea del texto es de rechazo y no celebración de lo sucedido. No niego que haya, en el último párrafo del texto, mofa de la “desgracia” de la familia Tous aunque, a mi modo de ver, no debe ser superpuesta la desdicha de tener un yerno en la cárcel a la fatalidad de ser muerto por un guarda de seguridad. Creo que en este sentido “Anonymous” me malinterpretó. En todo caso: sabeis lo que os digo, que os den!, y moriros ya!!!!!!! sí es para mí una expresión de alegría por la desgracia ajena. Y espero que con ello no esté malinterpretando las palabras del anónimo comentarista que dedica tres frases a describir el supuesto odio que tengo a mi vida.
En cuanto al reproche del que “habla y no da la cara” yo, ni nadie, debemos aceptarlo de un comentario anónimo.
En mi opinión, “Anonymous” simplemente tubo un mal día (me tomo la libertad de especular sobre el estado de humor momentáneo del comentarista anónimo, teniendo en cuenta que él concluyó afirmando que mi vida es miserable y que siento total aversión por ella). Imagino que este comentarista quería dar a conocer su idea y no encontró ninguna ocasión más apropiada para hacerlo. En cuanto vio algo que más o menos podía encajar con lo que ansiaba criticar se lanzó como un fiera hambrienta, utilizando un estilo directo y efectivista que pretende ser implacable pero que no hace más que emular la tópica y popular moralina que predica.
Claro que esto no son más que suposiciones y por ello invito a “Anonymous” a esclarecer su comentario y, si lo desea, hacer uno nuevo referente a lo que se ha dicho aquí.
Wednesday, April 25, 2007
Minimal hardcore

Uunchii, uuuuunchiii, uuuuunchiii, uuuuunchiii, uuuuunchiii, uuuunchii, uuuunchiii, uuuunchii, uuunchii, uuunchiii (Mmmh….), uuunchii, uuunchii, uuunchi, uunchi, uunchi, unchi, unchi (Oh…) unchi, uunnch …i, uuunchiii, uuunchii, uunchi, uuunchi, uuunchii, uuunchii, uunchi (¡Ah!), uunchii, unchi, uunchii, uunchii, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi (¡Aaah!), unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi (¡Mmh…!), unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchi, unchii unchiunchiunchiunchiunchiunchi (¡Oh, oh!) unchiunchiunchiunchiunchiunchi (¡Ah...!, mmh...) unchiunchiunchiunchiunchiunchiunchiunchunchunchunchunch
unchunchunchunchunchunchunchunchunchunchunchunchunchunch (¡Ooooh…!) uuuuuuuuuunnnch... iiiiiiiiii (Mmmh…) unchi, unchi, uuunch …iiii.
"Bueno, dame un cigarro, ¿no?"
Thursday, April 19, 2007
En días de tanto calor
En días de tanto calor tan solo apetece ir a una playa argelina y pegarle un tiro a alguien.
Wednesday, March 21, 2007
Personajes despreciables I: Los gafapastas

El término gafapasta, aunque no muy extendido, es bastante claro: gente con gafas de pasta. La montura no es quizás el rasgo clave del colectivo a describir (pues muchos de ellos no tiene problemas de visión) pero es sin duda uno de los más generalizados. En todo caso, son más comunes las etiquetas de “moderno” o “popi”, pero nos parece más graciosa la que hemos elegido para el título.
Los gafapastas son individuos que ponen especial atención a su aspecto físico, especialmente en parecerse los unos a los otros. En un plano general vemos como, tanto ellos como ellas, tienen preferencia por los pantalones elásticos, las parcas largas, las zapatillas Converse (que son muy caras) y las gafas de pasta (muchos de ellos desearían ser miopes para poder llevarlas). Todo ello decorado con múltiples chapas entre las cuales siempre debe hallarse la imagen de Audrey Hepburn, sea en su caracterización de Holly Golightly o en el popular cuadro de Antonio de Felipe. Las demás chapas suelen contener frases más o menos ingeniosas con doble sentido sexual. Los chicos, en concreto, acostumbran a llevar americanas de pana sobre camisetas negras de manga corta. A menudo estas camisetas también reproducen el cartel de alguna película de Tarantino o Murnau. Las chicas, ocasionalmente, visten faldas cortas y medias de colores. Los bolsos, en su mayor parte, recurren una vez más a la imagen de Hepburn. Gorras y bufandas son también habituales en ambos sexos. La estación del año no importa, el atuendo es el mismo.
Ellas se maquillan a menudo. Normalmente solo ojos, labios y uñas y casi nunca conn ningún otro color que no sea azul, negro o rojo. El peinado es una parte esencial: recto flequillo o, en su defecto, clencha ostentosa. Putilatex (http://www.myspace.com/putilatex) nos hablan de crestas, pero eso me suena más a quillaca adicta a Pacha. En muchos casos toman el peinado popularizado por la película Amelie (aunque Hanin Elias ya lo llevaba mucho antes que esa petarda). Todas son muy delgadas.
Ellos no se maquillan, pero cuidan su pelo. También ostentosas clenchas que les cubran media cara. También suelen ser delgados, aunque algunos tienen algo de tripa.
En cuanto a su comportamiento y su radio de acción, suelen poblar las calles del centro de la ciudad (jamás se acercan a lo rural) y los locales “alternativos”. “Alternativo” es uno de sus conceptos favoritos; desean formar parte de la “cultura underground”, de las “tendencias urbanas”. Les gusta la cultura Pop, pero con cierta supuesta dosis de ironía que ni ellos entienden. No les gusta Warhol porque es demasiado conocido. Les gusta el cine independiente y les interesa la moda.
Los fines de semana salen de fiesta por la Apolo, Razzmatazz o la plaza del MACBA. Comen falafels y se emborrachan con cubatas y vasos de vino. Algunos fuman porros y otros zampan pastillas, pero no es algo general. Entre semana pueden encontrarse en cualquier óptica o en los cines Verdi. Escuchan Radio3, ven Silenci? (post-Nosolomúsica) y se ríen con los comentarios del doctor House. Se pasean por el Gótico con el Ipod en marcha y un liado de Amsterdammer entre los labios. Leen a los beatniks y estudian audiovisuales, publicidad y relaciones públicas o periodismo. Los más ricos están en la ESCAC. Sueñan con vivir en Berlín, con haber participado en la Movida. En sus sueños se habla en inglés. Se consideran “bohemios” y “postmodernos” y por ello suelen mirar con cierto desprecio a aquellos que no son de su especie, aquellos que “no saben nada”.
No se interesan por la política, tampoco la entienden. No se posicionan, no votan. Su máximo comentario es decir “ese es un facha”, y asunto zanjado. Se consideran rebeldes, pero en un contexto de contracultura. Acostumbran a ser pobres pero gastan mucho dinero (sus aficiones se lo exigen).
La música es uno de los elementos más imprescindibles y posiblemente sea también su mayor obsesión. Sus preferencias oscilan entre el electro y el rock, van de Fischerspooner a Tom Waits, de Franz Ferdinand a Miss Kittin, de DJdeMierda a Lou Reed, de Leonard Cohen a Ladytron, de Astrud a Matthew Herbert… Llevan camisetas de los Ramones pero no se los escuchan.

El mismo tema lo han tratado:
-Putilatex en “¡Mira, una moderna!” (http://www.myspace.com/putilatex). De esta canción se han extraído algunas de las ideas más destacadas del texto, dónde han sido desarolladas.
-Lendakaris Muertos en “Gafas de pasta” (http://www.lendakaris.com/). Cabe destacar, sobre este grupo, que ha pasado a ser uno de los populares entre el colectivo del que precisamente se mofa esta canción.
Personajes despreciables: Introducción
La siguiente relación de “personajes despreciables” pretenden retratar con la mayor fidelidad la clase de personas que, en la sombra, hacen que las cosas vayan mal. Prefiero definir, por el momento, con esta simplicidad a estos personajes, a la espera de que los lectores extraigan sus propias conclusiones.
La definiciones no son, ni por asomo, perfectas ni definitivas ya que se trata de grupos sociales cambiantes y poco uniformes. Tan solo es posible hacer generalizaciones tomando los elementos más típicos en cada uno de los colectivos. De este modo es posible que se comenten elementos que se dan entre algunos individuos aunque no en todos los del mismo grupo. Lo que cuenta es la combinación de estos elementos: aquel individuo que más elementos reúna más convencido estará de su condición.
Todo esto ni falta hacía comentarlo, pero aquí lo hacemos para cubrirnos las espaldas y tener argumentos con los que torear las futuras (y que esperamos sean muchas) quejas.
Por el momento los “personajes despreciables” a tratar serán los siguientes: “Los gafapastas”, “Los progres conservadores”, “La chica támpax”, “El facha de cubata y corbata”, “El hippitalista”.
Monday, March 12, 2007
Monday, March 05, 2007
Psitges
(con retraso)
Qué cosa más mala es el carnaval de Sitges. Muchas risas al principio de la noche y en el transcurso. Luego no tanto.
Muchos disfraces, muchos borrachos y coqueros y, sobretodo, muchos policías. Durante la noche actuaron como sujeto pasivo, amenaza estática puramente presencial en grupos inmóviles de diez o doce uniformados. Los borrachos, en cambio, sujeto activo, tocando las narices y de arriba para abajo todo el rato. Precisamente fueron éstos el principal objeto de nuestras risas. Sobretodo ellas.
Unos disfrazados de dados, otros de botellines de Voll-Damm. Un pavo con una caja de cartón en la cabeza. Uno que iba de jevi, con una camiseta de “Anarkia” y un cartel pegado en la espalda que decía “Policía Secreta”. Muchas chiquillas con porras y gorras policiales y minifalda. Muchas caperucitas. Unos disfrazados de enormes penes. Un murciano que curraba en el Lidl y se dejó el uniforme puesto debajo de la chaqueta.
La tarea más difícil de la noche (de la mañana) fue huir del maldito pueblo. En la estación, unos cincuenta uniformados organizaban las entradas en los trenes y la evacuación masiva de los moraos. En la entrada un tipo de uniforme verde, con gafas y cara de cansado, decía: “los que tengan billete a la derecha, sin billete a la izquierda”. En la cola de la izquierda D. dijo que parecíamos borregos, yo, sin embargo, no podía dejar de pensar en Primo Levi. Allí esperamos de pie cerca de una hora, cagándonos en todo, picándonos con los agentes, hablando de idioteces. Al final logramos entrar en la estación, no pagamos billete y cada uno subió a su tren.
Más o menos a la altura del Prat del Llobregat me dije: la última vez que vengo aquí.
Los rockers

El domingo pasado fui a la tienda de chucherías donde M. trabaja (siempre me regala caramelos) y allí vi a unos rockers.
Entró una chica bajita, con tupé, elásticos y unas converse de esas que cuestan una pasta. En primer lugar pensé que era una modernilla, pero claro, lo suyo no era flequillo, era tupé. Luego entraron sus dos amigos. Todos con elásticos y converses, con tupé negro resplandeciente impregnado de gomina y con chaquetas de tela sintética y de colores brillantes. Sobretodo el pelo muy negro y muy reluciente.
Compraron algunas chucherías y preguntaron si había pipas grandes. No había. Sonrió la chica al despedirse y M. me dijo inmediatamente:
-¿Has visto a los rockabillys?
Sí, los había visto. Yo que pensaba que ya no existían.
Tuesday, February 20, 2007
La boca del metro

En el metro, en día laborable, en hora punta, se suele viajar bastante apretado. Se suele oler el sudor o el perfume de los demás, con igual desagrado. De hecho, estos son los dos tópicos olfativos más comunes que se emplean para describir esta situación incómoda con cierta gracia. Pero no es el caso.
Yo debo viajar más apretado que nadie pues lo que huelo no es perfume o sudor sino el aliento de las bocas ajenas. Y eso pasa cada mañana.
Wednesday, January 10, 2007
Apuntes sobre W.
W., en el lavabo, se sorprendió de ver a un tipo tumbado en el suelo. Sorprendente porque le resultaba familiar. No obstante el hombre estaba bocabajo, con la nariz aplastada contra el suelo húmedo, que apestaba a lejía, tenía una nuca que W. seguramente ya había visto antes.
-¿Qué le pasa a ese hombre? –Dijo una voz que sobresaltó a W. Se dio la vuelta y vio a un tipo gordo de corta barba que observaba con extrañeza el cuerpo tendido en el suelo.
-Creo que está borracho.-Dijo W.
-Sí, es posible…-dijo el gordo- ¿Le conoce?
-No, no. Por supuesto que no. Y de conocerle mentiría para que no me relacionaran con él.
-Claro, claro… Muy embarazoso, sí.
-Y usted, ¿le conoce?
-Tanto como usted. –El gordo se rasco la barba y añadió- Lo mejor será que le dejemos aquí, no vaya a ser que nos confundan con amigos suyos.
Ambos salieron del lavabo y se apresuraron en alejarse con la justa discreción, para no aparentar huída. A punto de abandonar la sala, un estridente griterío reclamando ayuda les obligó a detenerse, pues de no haberlo hecho las sospechas serían mayores. Aquel que pedía auxilio era un tipo delgado y pálido, situado ante la puerta del lavabo.
-¡Señores, aquí hay un cadáver!-Dijo haciéndoles entrar.
-Uhm… -murmuró reflexivo el gordo- Eso tiene más sentido. Porque es normal que estuviera borracho en el lavabo de un bar, pero en el de un museo…
-Podría ser alcohólico-Añadió W.
-Que no, que no. Que está muerto.-Dijo tajante el hombre delgado.
-¿Es usted médico?
-No. Trabajo en pompas fúnebres. ¿Creen que deberíamos llamar al guardia de seguridad?
-No. Algún hijoputa aprovecharía para robar algún cuadro.
W. se agachó y buscó en los bolsillos del muerto. Encontró una cartera. Al leer las iniciales bordadas advirtió porque aquel tipo le resultaba familiar. Levantó ambas cejas y murmuró algo así como “Ah, claro…” .
-Con permiso. –Dijo el gordo tomando la cartera de las manos de W. La registró y sacó unas pocas monedas, dejándolas caer a continuación. –Pff… calderilla.
Se quedaron los tres mirando un rato el cadáver (W. nunca había visto uno de tan de cerca) y luego se marcharon.
Friday, January 05, 2007
El doctor en Belgrado

-¿Cómo dices?
-Que dentro de una hora tengo que estar a quince quilómetros de aquí. Tengo que encontrarme con M. y E.
-Oh, sí… Vaya panda de gilipollas.
-Sí, sí. Unos gilipollas.
-¿Una hora? Hay tiempo para que me cuentes aquello.
-¿Qué es aquello?
-Lo que querías contarme.
-¿Y que quería contarte?
-No lo sé, no me lo has contado.
-Es algo relacionado con…
-La embajada danesa.
-¡Oh, sí! La embajada danesa. Vaya panda de mamones.
-Sí, sí, unos mamones.
-De campeonato. Bueno, la cosa comienza como siempre, pero esta vez en Belgrado. Me desperté en casa de V., con V. a mi lado. Y su novio al otro. No tenían más camas y en el sofá no se podía dormir. Pero la cama era grande, de matrimonio. De matrimonio polígamo, vamos. Bueno
Tuesday, December 19, 2006
Sobre los Tous y su nueva línea de pircings craneales

Participo, por una vez, de la polémica nacional y la trato con ira. Más aun después de haber leído un artículo de Quim Monzó que, aunque bueno y gracioso, dice de su autor que es un hombre simple (que no sencillo).
La pregunta no hace falta repetirla, pero aquí lo hacemos por motivos de estilo: ¿fue lícita o no la actuación del guarda de seguridad de los Tous? No. No fue lícita, sino estúpida y poco profesional. Porque ese hombre, en principio, debe ser un profesional. Podemos pedir a nuestro cuñado que nos ayude a pintar la casa o a nuestro tío que nos ayude con el traslado, pero para desempeñar una tarea de seguridad nuestro cuñado y nuestro tío deben ser profesionales titulados. Como el yerno de los Tous. Ese chaval, como profesional, tiene el deber, la responsabilidad y la capacidad de saber reaccionar correctamente ante una situación como la que aquí se trata. Todo ello se acentua si hay un arma de fuego por en medio, ya que, a diferencia de EEUU, en este país el permiso de armas no se concede por el mero hecho de existir.
Es comprensible, que Fulano, que nunca ha manejado un arma y nunca se ha encontrado en situación semejante, se asuste y persiga a los allanadores de su morada con un palo de golf. Pero no lo es (aunque suele ocurrir) que "se le vaya el dedo" a un vigilante de seguridad, un portero de discoteca, un guardaespaldas, un policía, un militar, etc. en una situación en la cual su trabajo le exige obrar con precaución.
En cualquier caso, no me asusta tanto la puntual estupidez de este imbécil, como el apoyo que cientos de personas dan a este acto y su autor. Ante los juzgados de Manresa, 2000, según los organizadores, 200, según la policía, garrulos, se concertaron para manifestarse en favor del yerno pistolero. Sobre el mar de cabezas de cientos de idiotas se levantaban pancartas (impresas y no improvisadas) con el lema: “Quiero tener los mismos derechos que los que vienen de fuera”. En primer lugar, ni falta hace comentarlo, ya quisieran los emigrantes tener uno solo de los derechos que disfrutan estos garrulos (el de residencia, claro). En segundo lugar, ¿significa compartir derechos con los extranjeros la total libertad para dispararles? ¡No, hombre! Solo si entran a robar, como haríamos con uno de aquí. Normalmente remitiría a la Biblia para demostrar cuán cristiano sigue siendo nuestro país en cuanto a la ciega aceptación de la ley del “ojo por ojo”; pero en este caso me veo obligado a utilizar las palabras de Himmler, que no recuerdo literalmente (no he logrado encontrar la cita, la oí en un documental), pero que venían a decir que el “ojo por ojo” no es nada comparado con la mentalidad nacional-socialista pues en esta, al enemigo que te saca un ojo, le sacas los dos, y le arrancas los brazos y le aplastas el cráneo. Y si un albano hijoputa se mete en mi casa le pego un tiro en la cabeza.
Para rematar el tema, tan solo comentar que me parece totalmente correcto, desde un punto de vista moral, que sea saqueada la casa de los Tous, quienes han amasado fortuna vendiendo una horterada de joyas cuyo motivo principal son unos feos osos.
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